El Representado Usurpado o el Representante Usurpador

El otro día me encontré por la calle con un amigo de toda la vida que venía agitado y echando chispas.

“¿Qué te ha pasado, hombre?” – Le pregunté.

“Nada, nada. ¡Ufff! ¡Joder!” – Resoplaba.

“Venga, tío, cuéntamelo, que te veo que vas a explotar” – Le dije.

“¡Estos abogados! ¡Joder! ¡Es que no hay por dónde cogerlos!” – Seguía resoplando.

“Manolo, hombre, serénate y cuéntame.” – Le rogué.

“Está bien, está bien.”

Nos fuimos a una terraza del centro, el día soleado, y dos o tres vermús después, acompañados de tapa de anchoas, me confesó la causa de sus pesares.

“Mira, tío, es que lo que me ha pasado no tiene nombre, no tiene nombre. Es que no hay derecho.” – Seguía resoplando.

Al final, se decidió y empezó a contarme.

“Resulta que esta mañana temprano había quedado con mi abogado para ir a resolver un asunto que tenía pendiente.

El asunto era el siguiente: una tía abuela mía, de la que hacía tiempo que no sabía nada, resulta que ha fallecido recientemente y por lo visto, no sé muy bien por qué, testó a mi favor.

Pues bien. Conseguimos que su abogado nos enviara una copia del testamento, para ver en qué consistía, antes de ir al notario para aceptar o rechazar dicho testamento. También, muy amable su abogado, nos envió un informe del último estado financiero de mi tía abuela y de las deudas que poseía.

Mi abogado y yo, después de mirarlo todo detalladamente, y a pesar de que mi tía abuela me dejaba su casa del pueblo, llegamos a la conclusión de que, a causa de una antigua deuda que poseía mi abuela con hacienda y que no había satisfecho ni atendido las reclamaciones durante muchos años, pues no merecía la pena aceptar la herencia ni la casa, puesto que el valor del  importe final de la deuda era muy superior al valor actual de la casa. Era lo que se llamaba, según mi abogado, una herencia envenenada.

Así,  mi abogado y yo acordamos, ayer mismo por la tarde, presentarnos esta mañana en el notario correspondiente y, una vez leído el testamento, proceder a su rechazo.

Mi abogado me repitió una y mil veces, que eso era lo mejor, que era exactamente lo que íbamos a hacer, que debíamos mostrar los dos la misma opinión ante el notario para evitar dudas y que él, desde luego, se comprometía totalmente a defender esta  postura que habíamos acordado, si es que fuera necesario y allá donde fuera necesario.

Ayer mismo por la tarde tenía su compromiso firme a este respecto. Tras un fuerte apretón de manos, salí de su despacho.

Pues nada, esta misma mañana temprano nos presentamos ante el notario y cuál será mi sorpresa, tamaña y desmesurada, cuando, nada más entrar, sin ni siquiera dejar al notario leer el testamento, va el andoba de mi abogado y le suelta:

  • Señor notario, mi representado y yo ya hemos tenido oportunidad de leer el testamento, estamos de acuerdo en los términos y condiciones del mismo y hemos decidido aceptarlo. – Dice mi abogado.
  • ¿Cóooomo? – Le dijé yo – ¿Pero qué dices, Javier? – El nombre de mi abogado – ¡Habíamos hablado ayer mismo todo lo contrario! ¡Yo no quiero aceptar este testamento! ¡Es una herencia envenenada!
  • ¡Silencio! – Me dice Javier – ¡Yo soy tu representante ante la ley y hablo en tu nombre por los poderes que la misma me da, así que, por favor, calla y espera a que termine todo el trámite!¡Y un poquito de respeto a tu representante, que soy yo, hombre! ¡Habráse visto!
  • ¿Pero te has vuelto loco, Javier? ¡Que yo no quiero esa herencia! ¡Que es una herencia envenenada! ¡Que tiene una deuda que no voy a poder pagar en la vida!¡Y que aunque tú seas mi representante, yo soy el representado, yo soy yo, estoy aquí y digo que no! – Le grité yo.
  • ¡Manolo! – Me dice mi abogado – ¡Cálmate, por favor, no me hagas llamar a ningún miembro de las fuerzas de seguridad! ¡Yo soy tu representante legal y tú me has dado poder para actuar en tu nombre! ¡Mira el poder notarial que tengo con tu firma para actuar en tu nombre! ¡Por favor, respeta a las instituciones, cállate, siéntate, no digas nada, no te muevas y espera a que acabe el trámite!¡Sé respetuoso con las leyes e instituciones! Desde luego, Manolo, no me esperaba esto de ti. –Suelta, para más inri, el vainas de mi abogado.
  • ¡Y una mierda, pedazo de cabrón! – Yo cada vez más nervioso y atónito, ya fuera de mí – ¡Tú eres mi representante, pero yo soy el representado y estoy presente y te estoy diciendo que no quiero el testamento y que no quiero firmarlo ni aceptarlo! ¡Eres un desgraciado! ¡He dicho que no quiero ese testamento! ¡Como representado tuyo que soy te quito verbalmente ese poder que te firmé y, además, qué coño, es que estoy presenteeeeee, estoy presenteeeeeeee, hooola, soy yoooooo, yo mismooooo y no quiero firmar ese puuutoooooooo testamentooooo, pedazo de hijo de la gran putaaaaaa! ¿Verdad, señor notario que esto es una locura? – Dirigiéndome ahora al notario – ¿Verdad, señor notario, que esto es completamente surrealista? ¡Él es mi representante, pero ostias y reostias, es que el representado soy yo y estoy aquí de cuerpo presente, no me entienda mal y menos en estas circunstancias, me refiero a que estoy aquí físicamente, que no quiero firmar este testamento envenenado, que no quiero asumir esa deuda que no es mía y que no voy a poder pagar en la vida y que este pedazo de cabrón que es mi abogado deja de serlo en este mismo instante!¡Javier eres un auténtico pedazo de cabróoooooon! – Mi sorpresa e indignación eran ya casi infinitas.

Ante lo cual y ante mi desesperación que entonces se convirtió ya en total, el notario, va y dice el muy cheli:

  • Yo no sé nada, señor, – Refiriéndose a mí – yo lo único que sé es que es usted un maleducado, un grosero y una persona violenta que parece a punto de agredirnos, por lo cual, mientras usted chillaba tirándose de los pelos y amenazándonos, he llamado a la policía desde mi móvil y parece que ya están entrando por la puerta para llevárselo. Por el tema legal del testamento, no se preocupe, yo continúo con su abogado y tranquilo, que él puede firmar en su nombre, ya que tiene el poder firmado por usted que antes ha mencionado y que nos ha enseñado a ambos.
  • ¡Hijos de putaaaaaaaaaaa! – Gritaba yo mientras me arrastraba por las escaleras, esposado y a golpes, la policía nacional, me metían en una lechera, porque venían de vigilar una mani y les pilló de paso, y me repartían unas cuantas caricias más dentro de la lechera a ver si me calmaba. Deformación profesional.

Al final, me han tomado declaración y me acaban de soltar de la comisaría de Moratalaz, que el bufete del notario estaba al lado. ¿Qué te parece? Y, además, me han entregado una copia del testamento que nunca quise firmar, que ya de paso les había dado a la policía mi abogado al ir a hacer los trámites para que me sacaran del calabozo.

Ahora tengo una casa que no quiero, una deuda que no puedo pagar, unas cuantas magulladuras de las caricias de la policía y una denuncia por amenazas y agresión,  además de un abogado que es un pedazo de cabrón que la próxima vez que le vea, entonces sí que va a tener que llamar a la policía.

Estoy tan desesperado, macho, que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas.” – Como siempre, Manolo, haciendo gala de su buen humor incluso en las peores situaciones.

Atónito y ojiplático, además de indignado, a duras penas conseguía acabar de escuchar el relato de mi amigo, pulsionado, en parte por la rabia y en parte por el alcohol del quinto ó sexto vermú que me tomaba al ritmo de su historia. Con tapa de anchoas, por supuesto.

Cambiad el abogado por el gobierno, los diputados, senadores, presidentes y alcaldes, a Manolo, mi amigo, por vosotros, al notario, por las leyes y legalidad vigentes, sus garantes y ejecutores, al testamento por los rescates a los bancos, nuevas leyes y acuerdos a los que está llegando el gobierno y a la policía por la policía. La policía siempre es la policía.

Esto es exactamente lo que nos están haciendo los políticos y deberíamos ser conscientes de ello. No nos representan, nos usurpan. Los políticos han usurpado al representado. El representante está usurpando, no representando, está usurpando al representado.

Como decía Rousseau, “Cuando el representado habla, el representante se calla”.

O así debería ser.

adoranser

El Representado Usurpado o el Representante Usurpador

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