El Ardiente Desierto – Relato Erótico

Love

Llevaban caminando horas y horas… Se habían perdido. La tormenta de arena los había desorientado. Bastet estaba agotada… Pensaba que ya no podía más, que ya desfallecía…

Abayomi, el que caminaba junto a ella, estaba desbordado por el calor. El agua hacía tiempo que había abandonado sus labios, sus bellos labios.

El sol, implacable sol, no cesaba, no cesaba.

Las rodillas les vencieron. A los dos. A la vez. Hincados los dos en el suelo. Se miraron a los ojos. ¿Era la última vez?

No se veía nada en el horizonte más que horizonte. Y arena. Y sol. Por el norte, por el sur, por el este y por el oeste…

Se desplomaron en el suelo, de lado. uno frente al otro. Se clavaron mutuamente las miradas.

Las gargantas secas intentaron emitir el último aliento pero no pudieron. Querían decir “te quiero” pero sólo acertaron a gruñir “te Amo”.

Si hubieran tenido una gota de líquido en el cuerpo, hubieran soltado al menos una lágrima cada uno de ellos, una lágrima de despedida…

Entonces tomaron una decisión. La muerte ya estaba entrando por el umbral de sus puertas y pensaron, sin decirse nada, en la coherencia en la que existían sus almas: el viaje final al mundo de los muertos partirá con el origen del mundo de los vivos.

Rescatando sus últimas fuerzas del fondo de su alma, decidieron despedirse de este mundo haciendo el Amor, un Amor loco intenso, apasionado y casi enfermizo, tal como el que les había embargado a lo largo y ancho de sus vidas.

Sin decirse nada, comenzaron a rotar para aproximarse. Sólo los ojos les mantenían en comunicación permanente…

Bastet se subió encima de él, como a ella le gustaba. Tras días de caminar dando vueltas por el desierto, estaban prácticamente desnudos. Abayomi se empalmó de inmediato… Sabría que sería la última vez que haría el Amor con su Hermana-Amante, Bastet y no pudo ya más controlarse, la pasión le poseía desesperadamente.

Bastet agarró el miembro de Abayomi y se lo introdujo ella misma, al principio con cuidado y luego de golpe, en su vagina, su preciosa y deseada vagina. Se paró por un momento para sentir dentro de ella la dimensión magnífica de lo que se disponían a, de lo que ya estaban haciendo.

Con los ojos cerrados y aún sin movimiento, se concentró. A la vez, Abayomi cerró sus ojos y, de la misma manera inmóvil se concentró.

Entonces empezaron los movimientos de cadera de ella, acompasados por los de él.

Al principio suaves, suaves, delicados… Al poco, ya eran casi golpes rítmicos… Y al final eran caballos desbocados galopando la una sobre el otro.

En el momento preciso, los dos abrieron los ojos, al inicio justo justo del orgasmo, que los dos tuvieron a la vez, de manera coordinada y sublime. Al mirarse a los ojos comprobaron cómo les cambiaban de color, volviéndose azul turquesa con pintitas blancas, las estrellas.

En silencio, pero gritando desesperadamente, los dos se corrieron en el más gigantesco y maravilloso orgasmo que ha existido jamás.

Seguían en silencio. Él seguía dentro de ella.

Respiraron, respiraban agitadamente, deprisa, deprisa, menos rápido, algo menos rápido, despacio, despacito, tranquilos…

Cuando volvieron a la realidad se dieron cuenta de que un sonido increíble les regalaba los oídos con dulzura y alegría. Oían como si de un manantial brotando agua se tratara, a borbotones, de golpe, con ímpetu, con fuerza. Con pasión y con placer.

Se volvieron para comprobar lo asombroso y alucinante del milagro que acababan de provocar los Amantes-Hermanos haciendo el Amor: en el mismo momento de su orgasmo, el manantial de agua cristalina, mágica y limpia había brotado de la tierra, verificando el milagro, verificando el poder de su magia, la de los dos.

Y ese manantial nunca se secaría.

Estaban salvados.

 

Adoranser

El Ardiente Desierto – Relato Erótico

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